La estabilidad del viajero

El camino de Capurganá a Medellín implicó 2 horas y media de lancha y 11 horas de autobús por una carretera diezmada por las lluvias. Había, literalmente, montañas echadas encima del camino. Y donde no había esos derrumbamientos, había socabrones que obligaban a aminorar la marcha. Juro que nunca había visto nada igual. Y luego, instalarme en un hotel en una calle de mala muerte (menos mal que el conductor de la furgoneta me ayudó en esa tarea, qué amable, después de 11 horas con su amable sonrisa).

Así que, de Medellín decidí ir a Salento, un pequeño pueblo en las montañas. Y menos mal que tomé esa decisión, porque la alternativa era ir a Bogotá, que hoy me han contado que está inundada por las lluvias.

Salento es otro refugio de paz. Estoy en un hostal familiar (llamado “Las Palmas”), a muy buen precio, con riquísimo desayuno incluido y agua caliente (no recordaba lo que era una ducha con agua caliente… uf). El hostal es una casa, y tiene habitaciones para alojarse. Ahora estoy solo ahí, y anoche estuve cenando en la cocina y hablando con el abuelo.

Hoy he ido al Parque de Cocora, donde se encuentran las palmeras más altas del mundo, que casi tocan las nubes. De hecho, el símbolo nacional es la palma. Ha sido una aventura, porque ha exigido gran fuerza física e intuición, ya que me he perdido entre las montañas y por poco no encuentro el camino de vuelta. Ya me veía a los militares buscándome mañana. Por cierto, en otro momento os cuento lo de los militares, guerrilla, policía y paramilitares.

En Salento estoy sufriendo algo que he bautizado como “el síndrome de la estabilidad del viajero”: tras tanto tiempo con una mochila a cuestas, a veces necesitas sentirte como en casa, y cocinas para ti, ves la tele, hablas con los dueños de la casa como si fueran tu familia… Este viaje es como un plato cocinado a fuego lento, lentísimo. Remueves sin parar los ingredientes, y algunos salen a flote, y otros se pegan al fondo de la olla. Pero todos conforman el manjar que deseas que termine de hacerse cuando esté en su punto, ni antes, ni después. Y sentarte al lado de la chimenea y saborearlo… soplando antes, para no quemarte. ¿Mesentiende?

3 comentarios. Deja el tuyo aquí.

  1. José Miguel //

    ¡Ferpectamente!

  2. Pe //

    Es lo que tienen las metáforas, que valen para un roto y para un descosío…

  3. Jose //

    Qué maravilla el parque de Cocora. Desconocía esas altísimas palmeras. Vamos Oli, ahora tú eres el Colombi.

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