Paraguay existe

Sí. Paraguay, ese país que está donde muchos no saben que está, existe. Dudaba de que Paraguay fuera un mito cartográfico, como el Triángulo de las Bermudas o Monkey Island, ya que nadie era capaz de contarme algo, no ya bueno o malo, sino ALGO sobre este país. “Iguazú” era la palabra más repetida, pero eso está en la frontera este, y entre eso y Bolivia… algo habría, ¿no?

Así que tracé una ruta que atravesara ex profeso el país. Me propuse conocerlo de cabo a rabo, cuando mi primera sorpresa ha sido que entre la frontera y la oficina de migración hay tres horas de sinuosa carretera infumable, discurriendo entre loros, aves exóticas varias y vegetación, de nuevo, tropical (vuelve el calor a “Silencio, se viaja”). Ese tramo del país es como si no existiera para nadie. Tal vez, dibujado en el mapa, esas tres horas tienen el grosor de un Edding 3000.

No voy a hablar de la parte final de Bolivia, con tramos de 9 horas para recorrer 200 km, que te obligan a pernoctar en ciudades de mala (o ninguna) muerte, ni de la exhaustividad de los controles en migración. Voy a hablar de la primera ciudad que encontramos, Filadelfia. Llegar hasta ahí (porque, insisto, quería conocer la ciudad de cabo a rabo), implicó hacer autostop subido a la parte trasera de una camioneta, tipo anuncio de “Free, Calvin Klein”, y achicharrarme bajo un sol que hacía varios países que no veía.

Cuando llego, me encuentro no una antigua colonia alemana, como tenía entendido, sino una colonia alemana actual, con letreros en teutónico, rubios por todas partes, y niños en bicicleta saludando: “Hallo, Frau Neumann!”. Tal cual, lo juro. Yo mismo he tenido que entenderme en alemán con alguno de los filadelfianos, tan callados y perfectos ellos. Todo es tan inquietante como la película “Happiness”, de Todd Solondz.

Esta foto que veis es bonita porque responde a una realiad: que en Filadelfia no hay asfalto, sino arena que, al final de la tarde, vuela por el aire incrustándose en los pulmones aún peor que el lodo flotante de las minas de Potosí, que por cierto, tardó días en irse de mi piel.

Filadelfia, básicamente consta de grandes avenidas (algunas embarradas y envueltas en mosquitos), zombis caminando en una ciudad fantasma, sin nada, NADA que hacer (ni cines, ni una plaza central donde sentarse a dar de comer a los loros, ni un solo bar… NADA), pero algo muy positivo: el Hotel Florida donde me hospedo, que estoy amortizando con el uso de internet para contaros estas cosicas.

La siguiente parada es Concepción, donde la cosa creo que cambia más. El cambio de Bolivia a Paraguay está siendo uno de los más radicales de este viaje. Gott nos pille confesaos.

3 comentarios. Deja el tuyo aquí.

  1. Mercedes e Ignacio //

    Comprobamos con entusiasmo que el viaje se va animando, que el viajero tiene ya asumido que ha dejadao la seguridad del hogar y se enfrenta al mundo con narices y con una mirada positiva. ¡Ánimo, Ulises, brega contra el viento de Eolo y los maremotos de Poseidón, porque al final se encuentra Ítaca, donde una araña tejedora ha preparado la cama del descanso! Un abrazo.

  2. Oli //

    Sí, cuando pienso en lo lejos que he llegado, me emociono y quiero seguir más y más… Este viaje está siendo algo increíble. Gracias a los dos por estar ahí, al pie del blog. Me gusta saber que buena gente como vosotros, que os quiero tanto desde hace tantos años, me leéis.

    ¡Un abrazo!

    OLI I7O

  3. Andres Solano //

    Yo por mi parte he escuchado cosas de paraguay, un país muy hermoso y lleno de mucha naturaleza.

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