Top 10 ciudades

Ahora que estoy de nuevo en México DF, se cierra el círculo espacial en cuanto a ciudades visitadas. He elaborado dos top tens diferentes: ciudades bonitas, y ciudades influyentes para mí.

Top 10 ciudades bonitas:

1. Cuenca (Ecuador)
2. Valparaíso (Chile)
3. Cuzco (Perú)
4. San Cristóbal de las Casas (México)
5. Quito (Ecuador)
6. Trujillo (Perú)
7. Antigua (Guatemala)
8. Buenos Aires (Argentina)
9. Santiago de Chile (Chile)
10. La Paz (Bolivia)

Como podéis suponer, he sido extremadamente selectivo, y muchas se han quedado fuera con todo el pesar de mis pesares. Cabe destacar la presencia de dos ciudades de Perú, dos de Chile y dos de Ecuador. ¿Hace eso que estos tres países sean los más bonitos? No necesariamente. Podría elaborar un top ten de países bonitos, pero al ser solamente dieciséis, el énfasis podría recaer en los seis que se queden fuera, más que en los diez que lo conformen.

Top 10 ciudades influyentes:

1. Cochabamba (Bolivia)
2. Managua (Nicaragua)
3. Capurganá (Colombia)
4. Copacabana (Bolivia)
5. San José (Costa Rica)
6. San Cristóbal de las Casas (México)
7. Tarija (Bolivia)
8. Nazca (Perú)
9. Ciudad de Panamá (Panamá)
10. México DF (México)

Interesante, ¿no? Muy pocas coincidencias con el top ten de ciudades bonitas, y gran presencia de ciudades de Bolivia, que aquí sí que puedo afirmar que ha sido el país más influyente para mí. Los motivos por los que han sido influyentes se basan en las experiencias vividas (que habrá un top ten especial al respecto), que son de índole personal y, probablemente, poco interesantes para vosotros. Lo interesante, eso sí, es comprobar cómo parece haber una asincronía entre lo estético y lo experiencial.

La lúcuma

En la anterior batalla entre Lima-Centro y Lima-Miraflores, no quedó muy claro el vencedor, pero en lo que a vivir se refiere, si tuviera que vivir en Lima y pudiera elegir la zona, elegiría sin duda Miraflores. Este barrio, además, está junto al Mercado de Surquillo.

Dentro, podemos encontrar variadísimas frutas y verduras, como en cualquier mercado. Una fruta que me interesó especialmente fue la lúcuma. La lúcuma es una fruta extraña, originaria de Perú, y que todos me decían que debía probar. Por fuera, cuando está madura, parece una naranja con piel de granada.

Tras pelarla, tiene una textura áspera, parecida a la sensación de morder una bola de arena. Y su sabor… es indescriptible, pero allá voy: algo entre cítrico y dulce, casi como una pasa de uva incrustada en un panettone. Por cierto, ¿realmente el panettone tiene tanto éxito como parece? ¿Por qué inundan nuestros supermercados cada Navidad? ¿A cuánta gente le apasiona realmente el panettone, que ni sabemos cómo se corta, y siempre sobra?

En fin, toda esta reflexión (salvo la del panettone) tiene un motivo. Sí, es otra de mis metánforas. La lúcuma refleja perfectamente el momento actual del viaje. Estoy viajando, pero ya empiezo a saborear las enseñanzas del viaje, que tienen un retrogusto inesperado. Áspero, dulce, cítrico. Hay sabores para todos los gustos, pero el que está por encima de todos es el sabor de la victoria. Llegados a este punto, ahora que ya estoy en México DF, el punto cero del camino, mirando hacia España de nuevo, me siento un privilegiado al haber llegado tan lejos en este viaje, una lúcuma que al principio no sabía ni por dónde hincarle el diente.

Entramos en la fase final del viaje y del blog, donde no hablaré demasiado de México DF (ya hablé durante el primer mes casi ininterrumpidamente), y empezaremos a recapitular cosicas.

Lima: Centro vs. Miraflores

¡Bienvenidos al mítico Perú City Square Garden, donde se celebra el clásico de los clásicos, el combate entre los barrios de Lima-Centro y Lima-Miraflores! ¡COMENZAMOS!

¡En la esquina norte del cuadrilátero, con más de 2000 años de antigüedad, el peso pesado, la segunda ciudad más grande del mundo en un desierto, después de El Cairo! ¡¡¡Una ovación para CEEEEN… TROOOOO!!!

¡En la esquina sur del ring, con más de 1700 años de antigüedad, el peso wélter, barrio vitalista, el único, incomparable y carismático barrio! ¡¡¡MIIIIRAFLOOOOOREEES!!!

¡Suena la campana y empieza el combate! ¡Y Miraflores no pierde ni un segundo y, tras un juego de pies endiablado, atiza el primer derechazo con la Huaca Pucllana, un centro ceremonial del siglo III d.C. dedicado a calmar la ira de la Diosa del Mar con sacrificios humanos y enterramientos rituales!

¡Pero Centro no se duerme en los laureles! ¡Golpea con un croché que por poco noquea a Miraflores, con la Iglesia de la Virgen del Rosario, la más pequeña del mundo!

¡Oooh! ¡Pero miren eso! ¡Miraflores no baja la guardia y esquiva los golpes de Centro con una zona de Casinos, ni más ni menos! ¿Es acaso esta ciudad desértica un Las Vegas latino?

¡Pero Centro no tira la toalla! ¡Qué espectáculo pugilístico estamos presenciando, señoras y señores! ¡Centro contraataca con un nuevo directo, la Iglesia de San Francisco y sus catacumbas, y la Capilla de San Judas Tadeo!

¡Miraflores, por su parte, asesta un jab de alternatividad con el Parque Kennedy y el golpe “Súper Vivanda”, aprendido con el sparring de Fairway, su entrenador de Nueva York.

¡El round está a punto de terminar! ¡Pero Centro no pierde su pegada, esta vez con una fuerza brutal! ¡Ni más ni menos que la Iglesia de la Merced!

¡Y Miraflores responde con un uppercut de la peculiar Avenida Arequipa!

¡Y ahora qué? ¡Alguien ha caído sobre la lona del ring, pero la eterna niebla de Lima nos impide ver quién ha sido! ¡El referí está contando! ¡Uno! ¡Dos! ¡Tres! ¡Cuatro! ¡Cinco! ¡Seis! ¡Siete! ¡Ocho! ¡Nueve!…

El cóndor pasa… de nosotros

Miradnos ahí, esperando a que algún cóndor se digne a pasar por delante de nosotros, pobres humanos, y así poder fotografiarlo en su hábitat natural.

Si la paciencia es una de las asignaturas principales de este viaje, el vuelo del cóndor ha sido el examen de final de curso. Finalmente, tras mucho esperar, el cóndor se cruzó ante mis ojos en un par de ocasiones. En la primera, la fascinación me impidió apretar el botón del obturador de la cámara (y mira que he estado en situaciones donde me he tragado mi sangre fría y he hecho clic). En la segunda, por poco se escabulle del encuadre, pero le disparé y lo congelé en este puñado de píxels.

Aún pude sacarle otra foto contrapicada, en un inesperado giro que efectuó esta ave, con una envergadura de alas (3 metros) y longevidad (60-80 años) de auténtico récord.

Ver al cóndor planear fue como ver un espectro que flotaba inánime, que parecía jactarse de nuestra guirez, tan inmenso que no sabría decir si estaba a diez metros o a uno solo. En los pocos segundos que duró la escena hasta que se perdió detrás de unas rocas, era como si solamente existiera él en el mundo. En ese tiempo, tienes dos opciones: o asimilar que ese espectáculo es real, o pensar que estás bajo los efectos de algún alucinógeno, y restarle importancia. El cóndor es mítico por el recuerdo colectivo, grabado a fuego, de todos los que lo hemos visto volar en su hábitat.

Todo esto ocurrió en el Cañón del Colca, un fantástico enclave natural de “sólo” 80 millones de años (un cañón relativamente joven, motivo por el cual alberga tanta vida), del que ya incluso los pre-incas supieron aprovechar en sus cultivos organizados por terrazas, como ya vimos en la Isla de Amantaní.

El cañón (y el valle) del río Colca está junto a la localidad de Chivay…

…muy cerca del Mirador de los Andes, a 4910 metros de altitud.

La principal ciudad más cercana es Arequipa, otra ciudad blanca, esta vez de Perú, donde me encuentro ahora mismo, emprendiendo el regreso a España. Reservé esta ciudad como incentivo para la vuelta (por el cóndor, por la propia Arequipa…), y no quemar todos los puntos claves de Perú a la ida.

Arequipa es una bonita ciudad fácil de visitar si tan solo te dejas llevar por sus calles. Entre otros, podrás encontrar puntos como el Convento de Santa Catalina (una ciudad dentro de la ciudad)…

…la Iglesia de San Francisco…

o la propia Catedral.

Arequipa ha sido la puerta para poder admirar el vuelo del cóndor, que a estas alturas de año se presentaba como algo casi imposible. No obstante, las autoridades están considerando limitar el número de visitantes al Mirador de la Cruz del Cóndor, al igual que ya ocurriera con el Machu Picchu, que suprimieron los vuelos en helicóptero para no ahuyentarlos.

El MacGuffin de Iquique

En todo este tiempo he podido realizar algún que otro encargo que me habéis pedido vosotros, pero hoy, en Iquique, me he dedicado a realizar un encargo muy especial para mí, que ha resultado ser un MacGuffin.

En mis años de teatro tuve un maestro, Franklin Caicedo. Era, es, un actor muy mayor, afincado en Buenos Aires, pero natural de Iquique, una preciosa ciudad en la costa norte de Chile, rodeada de dunas, montañas y playa.

No es casualidad que haya decidido pasar por aquí. Quería seguir el rastro de mi maestro en su tierra natal, para ver hasta qué punto uno es profeta en su tierra. No sabía muy bien qué buscaba, o incluso si Franklin Caicedo estaría en Iquique, pero las pistas que he seguido me han hecho conocer la ciudad de una forma insólita.

¿Por dónde empezar a buscar a un hombre de teatro? Pues en el Teatro Municipal, claro.

Allí no sabían nada de él, pero al ser un actor veterano, han pensado con buen criterio que podría estar en la Sala de Veteranos, un local donde se reúnen para hacer obras de teatro, de ideología principalmente de izquierdas, o más allá. ¡Esa era la siguiente casilla de este juego de mesa!

La casualidad, o no sé muy bien qué, hizo que esta misma mañana hubiera una representación de “Canción de Cuna para un Anarquista”, en una versión dirigida por Iván Vera Pinto. No es normal encontrar teatro de sala a las 12:30, así que he llegado en el último minuto: sentarme y aplaudir, tal cual. Al final, cuando la sala estaba vacía, he hablado con el director.

Él, claro, conocía a Caicedo. Me contó que el año pasado estuvo por Iquique, con una obra donde interpretaba a… ¡Pablo Neruda! ¡Otra coincidencia más! Era un recital de poesía, con tangos. Me dio un par de nombres y me envió a la Dirección de Turismo y Cultura de la ciudad.

Llegué al edificio, y pregunté por las dos personas. En ese momento se hallaban fuera, pero una amable funcionaria llamó a uno de ellos por teléfono. Hablé con él y me indicó dónde podría encontrar a alguien que era amigo personal de Caicedo desde hacía mucho tiempo. ¿Dónde lo encontraría? En la hemeroteca del Museo Regional.

Llegué al Museo Regional, con el nuevo nombre en mi libreta. Pregunté por él y me indicaron. La hemeroteca es un alucinante espacio, fuera de la zona de visita del público, llena de revistas (algunas de ellas, perseguidas durante la dictadura, como ocurrió con las españolas “Hermano Lobo” y “La Codorniz”) y libros, en una cámara acorazada ignífuga.

Allí estaba aquella rata de hemeroteca, un amable anciano con el que tuve una animada charla durante un rato. Hablamos de teatro, de política, de dictaduras pasadas, de futuros inciertos… Él era, es, poeta, y en 1973 estudiaba sociología, así que os podéis imaginar que estuvo especialmente vigilado.

En ese momento estaba ocupado, pero si volvía a las 17:00, me daría una vuelta por la ciudad. Así que, dicho y hecho, a esa hora vuelvo a la hemeroteca. Me presenta a todo el personal del museo, me hace una visita guiada, me lleva al Palacio Astoreca, donde cruzo con él puertas que de ninguna manera hubiera podido cruzar solo…

…La peatonal Baquedano, que debe su arquitectura victoriana a la época previa al Canal de Panamá, cuando el comercio se hacía por el Estrecho de Magallanes, y los ingleses importaban madera especial para las casas…

…Y, en definitiva, he podido visitar Iquique de una forma diferente, gracias a la habilidad que tengo para conocer a buena gente, a la suerte de poder entrar a lugares insólitos, y a la huella que dejó mi maestro Caicedo cuando hace años me dijo cuál era su ciudad natal.

…de lo que fue Santiago ensangrentada

Como decíamos ayer, tenía pendiente hablaros más en profundidad de Santiago de Chile. En vez de hacer un muestrario de monumentos, como suelo hacer, quería hacer un pequeño homenaje a mi tocayo Oli Milanés, pero he cambiado de opinión y voy a hacer una crónica con trozos de la letra de “Vine del norte”, de Ismael Serrano, una canción con la que el destino, irónico como nadie, ha forjado una curiosa conexión. Si queréis saber la descripción de los lugares, pasad el ratón por encima de las fotos, como siempre.

Vine del norte buscando una canción y una cruz…

…y allí se cruzó un cometa
…En Madrid seguiría lloviendo, triste como lo dejé,

y en Santiago con tus luces…

…y su noviembre me quemé.

…una noche en tu universidad…

…Andando por La Alameda…

…tú me empezaste a contar
causas, azares y luchas, en estos días…

…y al pasar por delante de La Moneda, tú tarareaste a Jara…

…solo me falta otro pisco…

…y en Santiago tantas cosas,

…hoy me muero por volver…

Hoy me muero por volver.

Explorando la Isla de Pascua

En dos intensivos días (uno de ellos, recorriendo más de 40 km en bicicleta), he podido conocer la historia y rincones más significativos de la Isla de Pascua. Lo he dividido en tres partes: La isla, Rano Raraku y Orongo.

La isla

Parece ser que la isla era completamente distinta a como la conocemos hoy. Tenía mayor variedad de especies vegetales (y no solo el omnipresente y agresivo eucalipto) y animales. Actualmente, se acepta la deforestación y la sobreexplotación como causas principales del declive de la civilización, además del reclutamiento esclavista de Perú.

La ciudad de la Isla de Pascua es Hanga Roa, que vive principalmente del turismo. Muchos de sus habitantes todavía son descendientes de los primeros indígenas, y todavía se comunican en el idioma local (el rapanui). Muchos de ellos no reconocen la autoridad del gobierno central de Chile, pero yo opino que si viven del turismo, y los turistas vienen en avión, ¿quién construyó el aeropuerto?

Rano Raraku

Es la cantera donde se extraían los moais. Se esculpían en la roca madre y se dejaban caer ladera abajo, para ser transportados a otros puntos de la isla.

Los moáis representaban a los ancestros, y miraban al interior de la isla para preservar las tradiciones del pueblo rapanui. Probablemente eran transportados con un sistema de rodillos de madera lubricados con grasa animal, pero hace poco se realizaron experimentos para transportar pesos equivalentes (9 ó 10 toneladas) con las mismas técnicas, y solo se ha podido conseguir hacerlo en terreno liso, que no es el caso de la Isla de Pascua.

Orongo

Es la antigua aldea ceremonial que la sociedad post-moái construyó al borde del volcán Rano Kau.

Esta sociedad celebraba el ritual del Tangata-Manu (“el hombre pájaro”), que consistía en que un hombre debía hacer una especie de durísimo triatlón hasta llegar a este islote, el Motu Nui:

Allí, debía recoger un huevo del Manutara (gaviotín pizarrado), que migraba una vez al año a desovar en ese islote. Si lo conseguía, era coronado rey de la tribu. La última vez que se realizó este ritual fue en 1867.

En las cuevas de Ana Kai Tangata todavía se aprecian pinturas rupestres conmemorativas (aunque por poco tiempo, porque están condenadas a desaparecer, junto al mar, y pintadas sobre piedra de pizarra).

En fin, hay muchísimas cosas que querría enseñaros sobre esta isla (petroglifos, playas, vocabulario básico rapanui -que es importante para saber a dónde estamos yendo-, clima, paisajes…), pero creo que esta información es suficiente para, si no conocer al 100% la cultura, al menos para poneros los dientes largos. Eso sí, como huevo de Pascua dentro de este huevo de Pascua del viaje (nunch, nunch), os cuento una curiosidad de la isla: un punto magnético donde, si dejas el coche en punto muerto, en cuesta arriba, este empieza a moverse solo hasta un lugar concreto (cerca de esas piedras que veis en la foto). Lo he comprobado yo mismo al volante y es increíble.

Rapa Nui, la isla perdida

La imagen habla por sí sola. Os prometí emociones fuertes y aquí me tenéis, en la Isla de Pascua.

La isla de Pascua (“Rapa Nui” en el idioma local) es la isla más remota y perdida del conjunto de islas de Polinesia. Os puedo asegurar que aún me dura el impacto que supone haber llegado hasta aquí. Me surgió una buena oportunidad, y la aproveché.

Si pensamos en la Isla de Pascua, inevitablemente pensaremos en los moáis, las esculturas monolíticas que tantas veces hemos visto en fotos o documentales. Pero, ¿por qué los construyeron? ¿Cómo los transportaron hasta las costas? ¿Qué fue de aquella sociedad? En otra entrada os contaré algo más sobre estos temas, que a mí me han cautivado.

Como toda buena isla (y más aún, perteneciendo a Polinesia), aquí también hay playas de ensueño. No está mal bañarse en una de ellas, custodiadas por moáis (y yo, mientras tanto, cantando “Aquí moái playa, vaya, vaya”).

Estoy alojado en un camping frente al mar. Tampoco está mal despertarse con esta vista, que digamos.

De momento, sólo quería dar unas pinceladas de lo que supone para mí estar en la Isla de Pascua. A la pregunta de si merece la pena venir, la respuesta es que si vas a Santiago de Chile, ni lo dudes. Es algo que no te puedes perder. Luego os lo cuento.

Valparaíso grafitero

Lo que me ha enamorado realmente de Valparaíso son los grafitis que decoran los cerros. Prácticamente, no hay esquina sin pintar, con más o mucho más arte (y algún tag asqueroso, todo sea dicho), o pared sin mural a lo largo de las calles. Aquí os dejo una profunda selección de algunos grafitis de Valparaíso:

Si es que, como veis en la última foto, hasta las piedras están decoradas… Bravo por Valparaíso, por su arte callejero y por ser un modelo para que se deje de demonizar esta forma de expresión.

Valparaíso costero

Un australiano con el que estuve compartiendo un trozo del viaje me dijo que Valparaíso era una de sus ciudades favoritas del mundo, y que es un lugar donde le encantaría vivir durante un tiempo. Me recomendó quedarme al menos un par de días. Le hice caso, y no me arrepiento, porque entre su recomendación y esta primera impresión, la ciudad ya me había enamorado antes de pisar sus calles.

Valparaíso es la ciudad portuaria más importante de Chile, que ha sabido combinar su función comercial marítima con el aura tradicional de puerto histórico que todavía desprenden sus calles.

Es, además, la sede del Congreso Nacional de Chile (el único órgano que no está en Santiago), en un edificio que, la verdad, en principio pensé que era un casino.

Entre los espacios más bonitos, destaca la amplia Plaza de Sotomayor, con la majestuosa sede de la Armada de Chile.

También, por supuesto, tienen una pequeña catedral, en la Plaza Victoria, cuyos tonos verdosos me hizo acordarme de la mezquita de París.

Eso sí, como todo, no es una ciudad perfecta, y además de alguna aberración inmobiliaria, también hay edificios bonitos ligeramente desvencijados (aunque en la fachada no se aprecia).

Destaco el Mercado El Cardonal, donde me he dado un soberbio homenaje de pescado y mariscos. ¡No podía irme de Chile sin tomar marisco!

En Valparaíso también está la Casa-Museo de mi tocayo Oli Neruda. No es la que recrean en la película “El Cartero (y Pablo Neruda)”, que todos los que la hayáis visto, aún tendréis grabado en la mente aquel “Beatrice… Russo”

…y curiosidades como una colonia de leones marinos muy cabroncetes, que no dejan subir a los otros que lo intentan desde el mar, dando saltos en vano, los pobres. En el piso superior de esa estructura de hormingón hay unos pelícanos apostados.

Quería hacer una excursión a Algarrobo, para visitar la piscina más grande del mundo, pero no se me ha perdido nada allí, así que me he quedado disfrutando de Valparaíso. No han sido las focas, el edificio de la Armada o la casa de Neruda lo que me ha enamorado de Valparaíso. Es algo que os contaré en la próxima entrada.

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